Mateo Chávez llegó a la Selección Mexicana con un apodo que prácticamente venía de casa: “Tiloncito”, por su padre Paulo César “Tilón” Chávez. Sin embargo, durante las concentraciones del Tricolor apareció otro nombre que rápidamente comenzó a circular en el vestidor: “Kikín”. Israel Reyes contó que comenzó a llamarlo así por sus mejillas y por el parecido que encontraba con Kiko, personaje de El Chavo del 8. La broma creció tanto que el propio lateral le pidió que dejara de utilizarlo porque sus compañeros ya habían comenzado a copiarlo.

La historia de Chávez encaja con una tradición muy particular de la Selección: los jugadores muchas veces terminan teniendo un sobrenombre diferente al que conoce la afición. Gilberto Mora, por ejemplo, es identificado como “Morita”, pero Reyes contó que también le decían “Bob Esponja” cuando comenzó a acudir al Centro de Alto Rendimiento. Su antiguo peinado, levantado hacia arriba y con forma de piña, provocó la comparación con la casa del famoso personaje animado. El propio Reyes explicó que con los jóvenes terminó creando una relación casi de hermano mayor, algo que abrió la puerta a este tipo de bromas.

Del “Machín” al “Bebote”, una tradición que no desaparece

Los nuevos apodos se suman a una lista que ya tiene nombres muy instalados en el futbol mexicano. Edson Álvarez es “Machín”, sobrenombre que arrastra desde pequeño; Santiago Giménez es “Bebote”, nombre que surgió durante su formación; César Montes es “Cachorro” y Roberto Alvarado es “Piojo”, este último relacionado con su admiración por el argentino Claudio López. También aparecen Orbelín Pineda, “Mago” o “Maguito”, y César Huerta, “Chino”, mientras que Raúl Jiménez ha sido identificado durante años como “El Lobo Mexicano”.

Incluso hay casos en los que el vestidor crea nombres que prácticamente nunca llegan a las transmisiones. Jesús Gallardo es uno de los ejemplos más claros: además de “Gallo”, compañeros de Selección llegaron a llamarlo “Chuponcito”, “Lupe Esparza” y “Jesús Piñardo”, en una dinámica en la que participaron jugadores como Guillermo Ochoa, Luis Chávez, Orbelín Pineda e Israel Reyes. El caso demuestra que una misma camiseta puede reunir varios apodos para un solo futbolista, dependiendo de quién lo llame y de la historia que exista detrás.

Los jóvenes también empiezan a tener su propia identidad

La generación más reciente ya está construyendo esa identidad. Armando González es “La Hormiga”, mientras Guillermo Martínez es conocido como “Memote”; Raúl Rangel, por su parte, responde al sobrenombre de “Tala”, relacionado con el municipio jalisciense donde nació. Son nombres que permiten identificar rápidamente a los jugadores y que, en varios casos, comenzaron mucho antes de que llegaran al escenario internacional.

Por eso el caso de Mateo Chávez resulta llamativo: “Tiloncito” cuenta la historia de su familia y “Kikín” cuenta la historia de su nueva vida dentro del Tricolor. Lo mismo sucede con Gilberto Mora y su “Bob Esponja”, un nombre nacido de una simple broma por su cabello que terminó siendo contado públicamente por uno de sus compañeros. Detrás de cada sobrenombre hay una infancia, una amistad, una característica física o una anécdota de vestidor, y ahora los nuevos integrantes de México empiezan a escribir las suyas.